Santiago: Fin del Camino

De perdidos al río. Pongo toda la carne en el asador. No dejo para mañana
lo que puedo hacer hoy.

Me hago una etapa de 120 Kms, porque me veo con fuerzas y quiero acortar un
día el viaje y estar con mi familia. Ni yo creía que fuera capaz, pero me
pongo a pedalear a buen ritmo desde primera hora, desde nuestra salida en
Sarria. Paro a comer y refrescarme cada vez que el cuerpo me lo pide, cada
vez me voy conociendo mejor en este aspecto. Llego a Melide y como pulpo en
Casa Ezequiel, y sigo pedaleando, dejando atràs pueblos, prados, vacas y
ríos.

Las fuerzas flaquean, y hago uso intensivo de la corona chica, piñòn
grande. Santiago me llama y tira de mí, aunque el viento sople en contra.
¿Por qué no soy capaz de pasar de 20 Km/h en un llano? Ya no sé si es el
cansancio, el peso de la bici o el barro que la frena, pero me está
desmoralizando.

Otro repecho, corona chica piñón grande. Bajada, ni pedaleo. Me duele el
cuello de levantarlo buscando algùn atisvo de Santiago… segùn mis cálculos,
debería llegar a las 20.00, pero son las 19.30 y aùn no lo veo claro. De
pronto, veo las indicaciones a Monte do Gozo, eso ya pinta mejor.

Llego, y no sé que hacer: si seguir hasta Santiago, o quedarme a dormir en
el Albergue y cumplimentar todos os tràmites el sábado. Decido esto ùltimo,
me queda poco dinero y dormir en Santiago puede salir caro.

Otra vez, poner el saco, sacar la toalla, la ropa limpia, el neceser, ducha
y a la cama. Otra vez, recoger el saco, meter la ropa, sacar la que
necesitarè, colgar las alforjas.

Salgo convencido de que va a hacer buen tiempo por alguna extraña razón,
pero la realidad es que hay una neblina calabobos que desluce la entrada en
Santiago. Decido realizar este último tramo a pie, se acabò el pedalear. Es
muy temprano, las 7.30 y aunque el agua me va calando, saboreo cada paso.

Ya se ven las cùpulas de la catedral, ya voy pisando el centro, entro en el
Obradoiro. Y el camino està hecho. Miro la soberbia fachada y recuerdo a
los míos.

Atrás quedan albergues malos y buenos, repechos duros y durísimos como el
Cebreiro, bajadas vibrantes, comidas exquisitas, bocatas de media mañana,
paisajes aburridos y otros hermosos.

Desde luego, repetiré la experiencia.

Se lo dedico a mi hermano Flo, y por extensión, al club, a todos vosotros.

Un abrazo.

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